Este cambio contrasta con la postura más estricta de la Organización Mundial de la Salud, que sostiene que “no existe un nivel seguro de consumo de alcohol”. Es decir, no hay prohibición explícita, pero tampoco una cantidad que pueda considerarse libre de riesgo.
Las industrias de bebidas observaban estas guías con atención. El mensaje resultó algo tibio, pero tiene un impacto concreto: estos documentos suelen servir de base para cambios en etiquetados, impuestos y regulación de precios, y marcan la pauta de debates que afectan a toda la industria.
El vino ya atraviesa un momento complicado con el consumo en mínimos históricos. Y no es casualidad ya que las nuevas generaciones piensan distinto, son más conscientes de lo que toman y buscan alternativas.
La industria está inquieta, cada productor, cada región intenta encontrar su camino para impulsar marcas y productos. Pero siento que lo que todavía falta es un ángulo de conversación que conecte mejor con este contexto.
A través de artículos, contenidos en redes y podcasts, veo que el discurso a favor del vino en diferentes idiomas y desde diferentes roles en la industria, es el siguiente: el vino no es solo alcohol, es historia, tradición, es ciencia, conexión con la tierra, conexión humana. Todo eso es cierto, pero no puedo evitar preguntarme si esa suerte de justificación es suficiente.
Me meto en terreno fangoso, tal vez, pero creo que la conversación no debería ir y venir entre lo que el vino representa y el efecto del alcohol en la salud, porque una cosa no elimina a la otra. Hay un movimiento más amplio, global, hacia un consumo más consciente y menor, respaldado por la ciencia y por recomendaciones internacionales.
Entonces, ¿qué hace la industria cuando su producto es, por definición, un “riesgo”? La respuesta rápida es la tendencia de los vinos de baja graduación, desalcoholizados, así como otras propuestas para seguir siendo una opción para las nuevas generaciones.
Pero el desafío recae no solo en el producto, sino también en la comunicación, que no debería justificar el consumo, sino poner en valor lo que hace único al vino: disfrutar una botella especial con una buena comida, brindar por un logro, compartirlo con amigos. Esa conexión humana, ese momento compartido, también tiene efectos positivos en nuestro bienestar, siempre teniendo en cuenta la moderación, el consumo responsable y el estado de cada uno.
No obstante, necesitamos encontrar un mensaje que conecte de verdad en los tiempos actuales; donde también haya lugar para el disfrute responsable, que sea honesto, consciente y que asuma el lugar que le toca al vino más allá del alcohol.
¿Cómo se construye ese discurso? Es una pregunta que me vengo haciendo desde hace tiempo, y que invito a todos los que trabajamos en este rubro, a pensar conmigo.
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