Marino Palhua, el pionero que trajo el sabor de Perú al Paraguay y sembró su legado en La Flor de la Canela

(Por LA) Sobre la esquina de Tacuarí y Eligio Ayala, hay un rincón que huele a mar, a ají y a recuerdos. Allí, entre ollas, limones y melodías criollas, florece un sueño que nació hace más de treinta años, se trata de La Flor de la Canela, y detrás de esa historia está Marino Palhua, un peruano nacido en Áncash que llegó a Paraguay con la esperanza como único equipaje.

“Yo llegué hace más de 35 años, con un sueño y un propósito, abrir mi propio restaurante y progresar”, recordó Marino, con la serenidad de quien sabe que ha caminado un largo camino. En 1992, con ahorros modestos y una pasión inmensa por la cocina, fundó La Flor de la Canela, cuando todavía hablar de ceviche o de mariscos en Paraguay era casi una rareza.

“No fue fácil, porque este país tenía una cultura muy fuerte de sus propias comidas. Imaginate, hablar de mariscos en una época donde casi nadie los probaba. Pero insistí, insistí y lo logré”, contó. Aquella perseverancia fue el ingrediente principal del éxito. Con el tiempo, La Flor de la Canela se convirtió en un punto de encuentro para quienes buscaban sabores distintos, auténticos, llenos de alma.

El ceviche tradicional, hecho a la vieja escuela, con sabor natural y respeto por el origen, se volvió su sello, su emblema. “El ceviche es lo que más se pide. Mantengo ese sabor antiguo, más natural. Mi ceviche tiene alma peruana”, explicó Marino. El arroz chaufa de mariscos, los chicharrones y los platos criollos también tienen su lugar. De hecho, la chaufa de Marino tiene una historia particular. “Una vez fui a un restaurante chino, probé un arroz frito y le pregunté al cocinero por qué era dulzón. Me contó que remojaban la zanahoria en miel antes de usarla. De ahí nació mi versión. Me adapté, pero siempre conservando mi esencia”, relató.

Su capacidad de adaptación le permitió mantener viva la Flor en tiempos difíciles. Hoy, el restaurante combina su especialidad marina con menús más amplios, logrando que tanto peruanos como paraguayos encuentren algo que los conecte. “Paraguay me dio todo: oportunidades, familia, amistades. Es un país donde quien trabaja puede salir adelante”, aseguró.

En estos treinta años, su restaurante se volvió también un punto de encuentro para artistas, teatreros, músicos y soñadores. “Tuve muchos amigos del medio cultural. Gente maravillosa que me enseñó mucho. Hasta un salón privado hice para ellos, para que puedan reunirse, comer, conversar. Son recuerdos hermosos”, rememoró.

Marino no solo cocinó platos, formó discípulos. Muchos de quienes hoy tienen restaurantes peruanos en Asunción aprendieron de él, trabajaron junto a él o se inspiraron en su manera de cocinar. “Antes yo era el único. No existían otros restaurantes peruanos. Ahora hay varios cerca, algunos hasta me imitan, pero eso me alegra. Quiere decir que sembré algo. He hecho conocer la comida peruana en Paraguay. He dado lecciones, he enseñado sin egoísmo, y aunque otros cocinen parecido, ninguno tiene el sabor de La Flor”, dijo.

El creador que no se detiene

A pesar de los años y los logros, Marino no deja de soñar. “Estoy creando nuevos platos, con nombres propios. En el segundo piso del restaurante quiero construir algo especial, una playa imaginaria, un lugar donde el cliente sienta que está frente al mar. Algunos amigos ya me ofrecen arena y piedras para ayudarme. Quiero que la gente viva una experiencia, no solo una comida. Estoy siempre en busca de crear algo nuevo. No me quedo quieto”, afirmó.

Cuando se le pregunta qué consejo daría a otros emprendedores, Marino responde sin dudar: “Que sigan su sueño, que lo traten con cariño y no se asusten del fracaso. Los fracasos no existen, solo son éxitos postergados. Si no te sale este año, decí ‘mi éxito lo postergué para el siguiente’. Así lo hice yo”.

Su historia lo confirma. En algún momento, durmió en la calle, detrás de un banco, y aun así no se rindió. “Ahí mismo escribí con rabia ‘aquí durmió Yoni Pacheco’, pero fue solo una noche. Al día siguiente seguí. No me rendí y hoy puedo decir que valió la pena. Yo siempre agradezco a Dios, porque cuando uno sufre y sigue intentando, él te bendice. Esa es mi historia. Por eso sigo creando, soñando, cocinando”, concluyó.

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