Según explicó, la mejor ventana para iniciar el cultivo se ubica entre finales de febrero y marzo, cuando las condiciones de temperatura y fotoperiodo favorecen el desarrollo de la planta. Sin embargo, el trabajo comienza mucho antes, con el análisis del suelo y la aplicación de correctivos. “Lo más importante para la preparación del suelo es la anticipación en el análisis y la corrección según el resultado. Lo recomendable es hacerlo hasta 90 días antes del trasplante”, señaló.
Esta planificación permite detectar problemas de nutrientes, acidez o deficiencia de materia orgánica, y aplicar las correcciones necesarias. Por ejemplo, en suelos ácidos, la aplicación de cal agrícola puede requerir entre 30 y 45 días para equilibrar el pH, lo que obliga a trabajar con tiempo. Además, el técnico indicó que el cultivo de tomate necesita un pH entre 6 y 6,5, niveles equilibrados de nitrógeno, fósforo y potasio, y ausencia de aluminio disponible para alcanzar su máximo potencial productivo.
La planificación también incluye la producción de mudas, que dura aproximadamente entre 19 y 21 días antes del trasplante. En esta etapa se asegura la calidad del plantín, lo que impacta directamente en el vigor inicial y en la velocidad de implantación del cultivo. Una vez trasplantado, el tomate atraviesa tres fases productivas con requerimientos nutricionales distintos: desarrollo inicial, crecimiento reproductivo y llenado de frutos.
Durante los primeros 30 días se prioriza el desarrollo radicular; luego se incrementa el enfoque en la etapa reproductiva y, finalmente, se eleva la concentración de potasio para mejorar la calidad, el peso y la coloración del fruto. Este manejo escalonado de fertilización permite optimizar el rendimiento y mejorar la calidad comercial, factores clave para la rentabilidad del productor.
Otro punto relevante es la elección del tipo de semilla. Frutos indicó que, en esta época del año, los productores pueden optar por variedades de crecimiento determinado, que presentan un costo significativamente menor respecto a los híbridos tradicionales. “Un tomate híbrido indeterminado puede costar alrededor de G. 1.200.000, mientras que otros híbridos rondan entre G. 350.000 y G. 500.000, casi la mitad del precio”, explicó.
Esta diferencia impacta directamente en la estructura de costos del productor, especialmente en sistemas intensivos de pequeña escala. No obstante, el especialista aclaró que estas variedades más económicas se adaptan mejor a condiciones de días cortos y temperaturas más frescas, por lo que su uso se limita a esta temporada.
Actualmente, en varias zonas productoras ya se registra un avance importante en la preparación del suelo y el desarrollo de mudas. Los productores se encuentran en etapas de acondicionamiento de parcelas, colocación de mulch y siembra en bandejas, con el objetivo de asegurar plantines de calidad para el trasplante definitivo.
Con estos factores, la campaña de tomate se perfila con un enfoque más técnico y orientado a la eficiencia. La anticipación en el manejo del suelo, la nutrición equilibrada y la elección de semillas más accesibles se posicionan como herramientas clave para mejorar los márgenes y sostener la producción en uno de los cultivos hortícolas más importantes del mercado local.
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