Ambere tiene formas particulares de crear, la arquitectura para el tiene sonido, se puede sentir, para él no existe fronteras rígidas entre disciplinas. Su recorrido profesional está marcado por la fusión constante entre sonido, espacio y movimiento, pudiendo construir su propio lenguaje artístico.
Haciendo un recapitulado de su trayectoria, Feliciangeli comentó que, desde temprana edad, su vínculo con la creación fue múltiple. Mientras exploraba la música con un piano como primer laboratorio sonoro, en la casa de sus padres, también experimentaba con mecanismos y estructuras. Esa inquietud lo llevó a estudiar arquitectura, sin abandonar nunca la música. “Me decían que tenía que elegir entre una cosa u otra, pero nunca quise dejar ninguna”, recordó.
La música fue una constante paralela. A los 14 años con sus amigos, creo una banda de rock que se llama Deliverans (en los ochentas) “Cuando comenzamos por ejemplo no teníamos batería, recuerdo que fue ahí que me di cuenta que siempre me gustó armar cosas, hice una batería recuerdo, se parecía, sonaba como a una batería; pero nos daba tanta vergüenza usarla, quizás si salíamos así iba a ser todo un boom”, relató.
Esa capacidad de crear desde cero se consolidó en su ejercicio profesional. Aunque transitó la arquitectura convencional, estudios, constructoras, proyectos tradicionales, su verdadero interés siempre estuvo en el acto de crear. “No es que me guste la arquitectura como tal, sino la posibilidad de crear espacios”, explicó. La misma lógica aplica a la música o a la mecánica, el placer está en dar forma a algo nuevo.
Un punto de inflexión llegó con el Paseo Recuerdo, en San Bernardino, una instalación urbana interactiva que permite interpretar la melodía de Recuerdo de Ypacaraí mediante un sistema de palancas dispuestas en el espacio público. El proyecto se convirtió en un ícono turístico, que redefinió su camino profesional.
“En lo personal, al ser un trabajo experimental, el trabajo no para, hasta ahora estamos yendo para mejorar el sistema. Cuando empezó recién tenia que ir cada tanto ya que se descomponía una tecla; entonces el estar ahí, hablar con la gente, ver como lo usaban, fue extremadamente motivante, de cierta forma es hacer arquitectura porque es equipar un espacio, hacer que ese tenga un uso”. Según Ambere años atrás pusieron un contador y pudieron llegar a la conclusión de que más de ochenta mil personas tocaron el Paseo de Recuerdos. Desde entonces, comenzó a migrar hacia intervenciones urbanas que combinan arte, tecnología y participación ciudadana.
Sus obras tienen un rasgo común que son accesibles, gratuitas y pensadas para todos. Desde niños hasta adultos mayores, cualquiera puede interactuar con ellas. Para Ambere, intervenir el espacio público es una forma de democratizar la experiencia artística y de dotar a las ciudades de identidad. “Todas las ciudades necesitan un símbolo, un lugar que las represente”, sostuvo, más allá de las fórmulas repetidas como letras gigantes o monumentos genéricos.
En lo creativo, su proceso se rige por un manifiesto no escrito, pero constante. Defiende un enfoque racional del acto creativo, basado en la toma de decisiones conscientes. "Crear es elegir", dijo. Por eso apuesta por el minimalismo, el monocromatismo y la eliminación de todo lo innecesario. “Lo simple le gana a lo complicado, para mi es llegar a la esencia de las cosas significa eliminar todo aquello que puede ser eliminado y que quede solamente la raíz, lo que realmente importa. Yo por eso no trabajo con colores, porque ahí se complica muchísimo, ya que hay un montón de nuevas sensaciones, que pueden distraer la atención”, resumió.
La inspiración, para él, no es un acto mágico. “Es 90% transpiración y 10% inspiración”, dijo citando a Picasso. Las ideas aparecen cuando hay una búsqueda previa, cuando existe un problema que resolver. La pandemia para él en ese sentido, fue un período fértil aislado y sin urgencias externas, donde surgieron proyectos como el arpa de agua y la posterior orquesta de agua, obras que continúan evolucionando hasta hoy.
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