“Siempre cuento que ya soy el resultado de un programa de arte comunitario en mi escuela en Piribebuy, que se llama Guazú Rocaí – Padres Unidos desarrollamos muchísimo que son las artes, tenía un profesor de arte que se llama Enrique Escobar (un gran referente del arte comunitario en Paraguay, estuvo como director en el MEC) formó parte de mi crecimiento”, relató Rodrigo.
Ese primer contacto marcó su vocación y su forma de entender el arte como servicio, territorio y construcción colectiva. “Yo hago grabado, me especialice en ello por mi cuenta porque es mi pasión, es mi vida prácticamente. Hace 15 años que empecé con el grabado, hace 15 años que produzco. A los 18 años migré de Piribebuy a Asunción y decidí trabajar en arte, fotografía un poco lo que es show, también estudié la licenciatura en artes visuales en Bellas Artes”, comentó Velázquez.
El grabado, específicamente el linograbado es su especialidad. “Lo que me enamoró fue el proceso, todo el camino hasta llegar a una obra”, explicó. Hoy, quince años después, ese camino se traduce en una carrera sólida, sostenida por disciplina, constancia y una profunda conexión con lo hecho a mano.
El grabado es, para Velázquez, mucho más que una técnica, es una filosofía. Papel, tinta, impresión, repetición, tiempo. Todo sucede en un ritmo opuesto a la inmediatez digital. “Mi fuerte es lo analógico, lo hecho a mano. Toda mi obra está hecha con amor, con espíritu, con energía”, dijo. Esa coherencia entre discurso y práctica le permitió construir un mercado propio, tanto en Paraguay como en el exterior.
El punto de inflexión llegó en 2017, cuando obtuvo el Premio Jóvenes Artistas “Livio Abramo”, otorgado por la Embajada de Brasil, con su obra Ñahatî (libélula). “Ahí fue como que me catapulté”, reconoció. A partir de ese reconocimiento comenzaron los llamados de galerías, las exposiciones internacionales y una mayor visibilidad de su trabajo. Expuso en Paraguay, Nueva York y París, consolidando una proyección que hoy sigue en expansión.
Ñahatî es, además, la obra que inaugura una de sus colecciones más importantes, "Chaco." La temática chaqueña atraviesa gran parte de su producción, inspirada en la fauna, la flora y una cosmovisión que mezcla lo ancestral con su propio imaginario. Su acercamiento al territorio se dio inicialmente a través de la fotografía, viajando junto al fotógrafo y antropólogo Luis Vera, experiencia que marcó profundamente su mirada artística. “Ahí me enamoré de todo ese lenguaje que viene de nuestros antepasados”, afirmó.
Lejos de encasillarse, Velázquez explora múltiples lenguajes, como el grabado, pintura, fotografía y arte digital, aunque siempre con base en lo manual. Actualmente trabaja en colecciones como Aves del Paraguay, Pequeños seres del Chaco y una nueva serie dedicada al agua, nacida de su reciente regreso a Piribebuy. “Volver fue conectarme con mis raíces”, señaló.
“Hace un tiempo trabajo con marcas, suelo trabajar para Corona, Oniria, diversos tipos de trabajo que me llegan y me encanta verdad. Actualmente estoy trabajando con la marca Fauve, estamos lanzando una colección de ropa con mi diseño, una colección cápsula que se llama Matriz, que se trata de todas mis obras del chaco”, resaltó Rodrigo.
Para Velázquez, vivir del arte no es romanticismo, es el resultado de años de sacrificio. “Tuve la suerte de encontrarme con el arte y gente, (que yo le llamo a mis ángeles) que fueron encaminándome en esta vida, para mí el arte es un estilo de vida es súper sacrificado se sacrifican muchas cosas”, dijo. También es formación constante, introspección y aprender a valorar el propio trabajo. “A veces el problema con los creativos en Paraguay es que no saben ponerle precio a su trabajo, no se quieren despegar de su obra, entonces todo ese universo energético también uno se tiene que ocupar”, advirtió. “Paraguay es tierra fértil, se puede vivir del arte. Es una cuestión de decisión, firmeza y de animarse”, agregó.
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