El fenómeno de El Niño, caracterizado por el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano Pacífico central y oriental, altera la circulación atmosférica global y modifica los patrones de lluvia y temperatura. Sus efectos suelen traducirse en sequías e inundaciones severas en distintas regiones del mundo.
En Paraguay, las primeras alertas ya fueron emitidas. El ministro de la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN), Arsenio Zárate, informó que, de acuerdo con las proyecciones de la Organización Meteorológica Mundial y de la Dirección de Meteorología e Hidrología, el fenómeno podría manifestarse desde finales de agosto y extenderse hasta los primeros meses del próximo año.
Ante ese escenario, el Gobierno realizó simulacros binacionales con Brasil y ejercicios nacionales en conjunto con las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional, el Ministerio de Salud Pública, la Cruz Roja Paraguaya, bomberos voluntarios y otras instituciones, con el objetivo de fortalecer la coordinación y la capacidad de respuesta.
Sin embargo, para Paola Arias, máster en Diseño Urbano y CEO de UrbanLab, “el desafío no pasa solamente por la llegada de un fenómeno como El Niño, sino por la capacidad que tiene la ciudad para absorber y gestionar ese exceso de agua”.
La especialista sostiene que una ciudad resiliente es aquella capaz de convivir con eventos climáticos extremos sin paralizar su funcionamiento y considera que Asunción todavía está lejos de cumplir con ese estándar.
Según Arias, la capital creció mucho más rápido que su infraestructura. “Mientras aumentaron los edificios, pavimentos y estacionamientos, el sistema de desagüe pluvial prácticamente no evolucionó. Cada nuevo pavimento, estacionamiento o edificio reduce la capacidad natural del suelo para infiltrar el agua y aumenta el volumen que termina escurriendo por calles y avenidas”.
Si bien destaca que Asunción aún conserva una proporción importante de áreas verdes y superficies permeables en comparación con otras ciudades de la región, advierte que eso ya no resulta suficiente para enfrentar eventos climáticos cada vez más intensos. “La infraestructura verde debe complementar, no reemplazar, una red de drenaje moderna y planificada”, enfatizó.
A su criterio, el principal problema radica en que las inundaciones siguen siendo tratadas como hechos aislados y no como consecuencia de una planificación urbana insuficiente. “Más que preguntarnos si El Niño llegará con fuerza, deberíamos preguntarnos si la ciudad hizo las inversiones necesarias para enfrentar un evento de estas características”, sostuvo.
Fernando Maidana, urbanista y asesor en planificación territorial y transporte, comparte una visión similar y advirtió: “La vulnerabilidad no es exclusiva de Asunción; alcanza a prácticamente todo el país. Menos del 10% de los municipios cuentan con un Plan de Ordenamiento Territorial aprobado por su Junta Municipal. En la práctica, casi ningún municipio está planificando su territorio”.
Aunque Asunción dispone de un Plan Regulador Urbano, Maidana explica que aún carece de un verdadero Plan de Ordenamiento Territorial que permita planificar de manera integral las infraestructuras, los espacios públicos y el crecimiento urbano. La situación es similar en la mayoría de los municipios del área metropolitana.
“Los municipios del área metropolitana tampoco lo tienen. Por otro lado, el nivel de inversión en desagües pluviales o en infraestructuras basadas en la naturaleza (IbN) es nulo, o las obras están paradas. Así que, efectivamente, no estamos para nada preparados para soportar eventos climáticos intensos, aun sabiendo que somos un país de lluvias y tormentas intensas”, explicó.
Entre los principales errores urbanísticos, identifica tres problemas recurrentes: la expansión del asfaltado, que impermeabiliza el suelo; la falta de protección del arbolado urbano, que disminuye la capacidad natural de absorción del agua; y la escasez de espacios públicos y áreas naturales diseñadas para retener excedentes hídricos.
También recordó que la Ley de Recursos Hídricos establece la obligación de preservar bosques protectores en las márgenes de arroyos y cauces, una disposición que, según afirma, ni siquiera el propio Estado cumple de manera adecuada. Como alternativa, propone avanzar hacia soluciones basadas en la naturaleza, como plazas inundables, veredas permeables y reservorios urbanos, estrategias que, además de tener menores costos que las grandes obras de drenaje, permiten reducir significativamente el impacto de las lluvias intensas.
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