El anuncio de un nuevo entendimiento comercial entre Washington y Nueva Delhi, con reducción de aranceles y mayor acceso a mercados estratégicos, refleja una tendencia clara: las grandes potencias vuelven a apostar por acuerdos para asegurar el abastecimiento, diversificar proveedores y ganar competitividad. Esta lógica, lejos de excluir a América Latina, la coloca nuevamente en el radar como socio confiable en alimentos, energía y recursos naturales.
Desde la perspectiva regional, uno de los mayores activos es la capacidad productiva agroindustrial. En un contexto de menor proteccionismo y mayor apertura selectiva, los países del Mercosur aparecen bien posicionados para ampliar exportaciones de carne, granos, aceites, biocombustibles y derivados industriales. La experiencia muestra que cada reducción arancelaria relevante en mercados desarrollados tiene un impacto directo en precios, volúmenes y previsibilidad para el productor latinoamericano.
El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, cuya implementación avanza tras años de negociación, es una pieza clave de este nuevo tablero. El entendimiento prevé un acceso preferencial a uno de los mayores mercados de consumo del mundo, con reglas claras y previsibilidad jurídica. Para América Latina, esto no solo significa vender más, sino vender mejor: con mayor valor agregado, estándares internacionales y una integración más profunda a las cadenas globales de valor.
A la par, el nuevo dinamismo entre Estados Unidos e India refuerza una lectura estratégica: las grandes economías buscan diversificar riesgos y reducir dependencias excesivas. En ese contexto, América Latina emerge como una región estable, con recursos estratégicos y potencial logístico para convertirse en proveedor alternativo en sectores sensibles como alimentos, energía, minerales críticos y manufacturas vinculadas a la bioeconomía.
Otro punto central es el impacto sobre la inversión extranjera directa. Los acuerdos comerciales no solo facilitan las exportaciones; también funcionan como una señal para capitales internacionales que buscan plataformas productivas con acceso preferencial a múltiples mercados. Para el Mercosur, esto puede traducirse en nuevas inversiones en infraestructura, agroindustria, energías renovables y tecnología aplicada al campo y a la industria.
Además, estos pactos globales reordenan el mapa de la competencia internacional. A medida que Estados Unidos, Europa e India fortalecen sus lazos, crece la necesidad de socios confiables en el hemisferio occidental. América Latina, por cercanía geográfica, complementariedad productiva y afinidad institucional, tiene una ventana de oportunidad para consolidar su rol como proveedor estratégico y no solo como exportador de commodities.
Para países como Paraguay, Brasil, Argentina y Uruguay, el desafío pasa por capitalizar este contexto. Esto implica mejorar la logística, cumplir estándares ambientales y sanitarios, avanzar en digitalización y acompañar al sector privado con políticas que faciliten la inserción internacional. Los acuerdos abren la puerta, pero su aprovechamiento depende de la capacidad interna para responder con volumen, calidad y previsibilidad.
En síntesis, los nuevos pactos comerciales globales no son solo acuerdos entre potencias. Son señales de un mundo que vuelve a negociar, a integrar mercados y a buscar socios estratégicos. Para América Latina y el Mercosur, representan una oportunidad concreta de ganar mercados, atraer inversiones y reposicionarse en la economía global, siempre que logren convertir el contexto favorable en una estrategia de desarrollo sostenida.
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