Ramón Conges: “El Estado es un aliado por obligación, el empresario depende de políticas claras y un entorno que lo acompañe”

Desde los 14 años, Ramón Conges aprendió que el trabajo duro podía abrir puertas incluso en los contextos más adversos. Fabricaba y vendía productos por su cuenta, estudiaba de noche y soñaba en silencio. Hoy, con 84 años y una trayectoria que comenzó con un pequeño local en Palma, es fundador de L’uomo, una marca que dejó huella en la moda masculina paraguaya.

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¿Cómo empezó su carrera empresarial?
Comencé en el mundo del comercio a los 14 años, fabricando y vendiendo productos por mi cuenta. Estudiaba por las noches y trabajaba durante el día, en Uruguay. Las circunstancias económicas de mi familia me llevaron a buscar soluciones desde muy joven: debía ingeniármelas para colaborar en casa.

¿Qué obstáculos encontró para desarrollarse como empresario?
Uno de los principales obstáculos que enfrenté fue la falta de capital. No contaba con recursos, así que fui reinvirtiendo cada ganancia, paso a paso, con mucho esfuerzo y constancia.

¿Cuál considera que es su mayor éxito como empresario?
 Sin dudas, uno de los momentos clave fue a mis 38 años, cuando decidí volver al Paraguay (mi país de origen) luego de hacer un análisis del mercado de indumentaria masculina. Vi una gran oportunidad.
Desde los 15 años había trabajado en una pequeña cadena de ropa masculina fina, donde mis jefes notaron condiciones en mí y me capacitaron en todas las áreas del negocio. Estuve allí durante ocho años, aprendiendo desde adentro.
Al llegar a Asunción, intenté abrir una tienda junto a un grupo de empresarios, pero el proyecto no prosperó: desistieron a último momento. Nadie creyó que iba a lograrlo. Sin embargo, en 1981 conseguí el apoyo de unos inversores que me ayudaron a alquilar un local. En apenas 30 días, me encargué de absolutamente todo: mobiliario, vitrinas, vidrieras, papelería, mercadería… incluso dormía en el local, trabajando hasta 18 horas diarias. Así nació nuestra primera tienda, en Palma 872. Y ahí empezó todo, llegando a abrir 16 negocios y algunas franquicias.

¿Qué consejo le hubiera gustado recibir cuando estaba iniciando su carrera empresarial, y se lo daría hoy a otro empresario?
El mejor consejo me lo dio mi padre, y me lo llevo hasta hoy: honestidad. Es una palabra simple, pero con muchos caminos adentro. No se compra ni se gasta, y siempre termina marcando la diferencia.
A quienes están comenzando, les diría que, si quieren triunfar, primero deben tener verdadera admiración por lo que hacen —en mi caso, la ropa—, y buscar constantemente los medios para formarse y crecer. Nada reemplaza la pasión y el compromiso genuino.

¿El Estado es un aliado o un problema para el empresario? ¿Qué le reclamaría?
 El Estado es un aliado por obligación, porque el empresario depende de políticas claras y un entorno que lo acompañe. Pero en muchos casos, más que ayudar, termina poniendo trabas. Un ejemplo claro son las importaciones: fuera del Mercosur, los aranceles son muy altos. En países como Estados Unidos puede ser igual o incluso mayor, pero allá cuentan con un volumen de ventas 10 veces mayor, lo que les permite cubrir esos gastos. Acá, en Paraguay, no tenemos esa escala. Se han visto algunas mejoras últimamente, pero aún queda mucho por hacer.

¿Qué bondades y defectos tiene el empresario paraguayo?
En cuanto al empresario paraguayo, admiro su capacidad de lucha, de reinventarse con pocos recursos. Es trabajador, práctico, sabe adaptarse, pero, a veces, nos falta visión de futuro, profesionalización y formación constante. El potencial está, solo hace falta impulsarlo más.

¿El empresario actual debe tener alguna formación profesional relacionada con el mundo de los negocios?
Creo que no es estrictamente necesario tener un título universitario para ser empresario. En mi caso, me formé trabajando desde joven, y a los 25 años ya me habían designado gerente. A pesar de no contar con un título, el trabajo que realicé en ese local, junto con la experiencia adquirida y la confianza que me brindaron mis superiores, contribuyó a que el negocio se convirtiera en un verdadero éxito.
 Pero sí considero que es fundamental estar informado, estudiar, investigar y aprender en la medida de las posibilidades de cada uno. Nunca hay que dejar de crecer ni de prepararse.

¿Cuál es su recomendación para mantener a su equipo motivado?
El respeto es la base. Yo quiero que me respeten como yo los respeto a ellos. No me considero más que nadie: soy un compañero más dentro de la empresa. Me gusta trabajar en equipo, escuchar, estar presente. Soy exigente, sí, pero con humildad.

¿Cómo lidia con el estrés que produce la actividad empresarial?
Para mí, emprender o inaugurar un nuevo local no representa estrés, sino una adrenalina positiva. Es mucho trabajo, pero cuando se llega a la meta, lo que siento es felicidad. Esa satisfacción me empuja a seguir. El estrés lo puedo sentir en otras áreas de la vida, pero no en lo comercial, que siempre fue mi pasión.

¿Alguna frase que lo defina?
Me considero un romántico, en el sentido más amplio. Pongo pasión en lo que hago y creo en la conexión humana, tanto con los colaboradores como con los clientes. En estos 84 años de vida aprendí que sin honestidad no hay verdadero éxito, y que la humildad mueve montañas. Ese ha sido siempre mi modo de trabajar: con exigencia, sí, pero también con humildad y autenticidad.

 

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